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Mi mamá no da cantidades

Un domingo de octubre abrí por fin el frasco de guascas y le pedí a mi mamá, por videollamada, que me dictara el ajiaco. No hubo manera de sacarle un solo gramo.

Foto: juglar del zipa · CC BY-SA 2.0

En la lista de pendientes que tengo pegada con un imán en la nevera, entre "renovar el pasaporte de Inés" y "llamar al de la caldera", hay una línea que lleva más de un año ahí: "Pasar el ajiaco de mi mamá a un papel". La escribí después de una llamada en la que ella me contó, como quien cuenta el clima, que se le había olvidado apagar una olla y que la vecina del segundo había subido por el olor. No pasó nada. Pero la línea apareció en la nevera esa misma noche, con mi letra apurada, y desde entonces la miro todas las mañanas mientras se calienta el café.

El domingo, por fin, la taché. O casi.

El frasco

En Lyon el otoño llega de golpe. Un día el castaño del patio está verde y al siguiente amanece con la mitad de las hojas en el suelo y los erizos abiertos sobre el cemento, que Inés recoge con guantes de jardinería como si fueran animales peligrosos. Empieza a oscurecer temprano, la casa huele a calefacción recién prendida, y a mí me da hambre de sopa, que es la forma que tiene mi cuerpo de extrañar Bogotá sin hacer escándalo.

Tenía los dos frascos de guascas en la alacena, al lado de la sal: el que me consiguió Fernando en la tienda de su primo y el que mi mamá me metió en la maleta envuelto en un buzo de Tomás. No había abierto ninguno. Me daba algo parecido a lo que da destapar una botella buena sin ocasión. El domingo decidí que la ocasión era que no había ocasión, abrí el de mi mamá y la cocina se llenó de un olor verde, terroso, un poco a monte, que no se parece a nada de lo que hay en Francia. Claire asomó la cabeza desde la sala y dijo: "Ah. Ça sent ta mère". No sé si lo dijo por la hierba o por otra cosa, pero tenía razón.

Puse el computador en el mesón, apoyado contra la panera, y llamé a Chapinero.

El dictado

Mi mamá contestó con la cámara apuntándole a la frente, como siempre, y con el delantal puesto, aunque eran las diez de la mañana allá y no estaba cocinando nada. Le expliqué que quería escribir la receta, bien escrita, con cantidades, para que quedara. Se quedó callada un segundo y luego me dijo: "¿Para que quede de qué, mijo? Si yo estoy aquí".

No le contesté eso. Le pregunté cuánta papa criolla.

"Lo que pida la olla."

Le pregunté cuánto pollo. "Una pechuga buena y unos muslitos, depende de cuántos sean." ¿Y cuánta agua? "Hasta que lo tape." ¿Y cuánto tiempo? "Hasta que la criolla se deshaga, usted la ve." ¿Y las guascas, cuántas cucharadas? Ahí se rió. "Una manotada. Al final. Si se pasa, amarga." Yo escribía en una libreta de las que uso para las traducciones, la de tapas negras, y la página se iba llenando de frases que en cualquier otro documento habría marcado con un signo de interrogación al margen: lo que pida, hasta que lo tape, usted la ve.

Inés llegó a mitad de la llamada, se subió a un banquito y se puso a pelar papas con un cuidado de cirujana, dejándoles la mitad de la cáscara. Mi mamá la vio y le habló directo a ella, despacio, como en agosto. Le dijo que la pastusa se corta grande y la sabanera mediana, y que la criolla se echa entera porque es la que se sacrifica. Inés le preguntó en francés qué quería decir "sacrifica". Mi mamá, que no habla francés, entendió la pregunta y le contestó: "Que se deshace para que las otras queden ricas". Inés asintió muy seria. Yo no traduje nada. No hizo falta.

Lo que no entra en la libreta

Papa criolla no hay en Lyon, o no la he encontrado. Usé unas papitas amarillas de Noirmoutier que le compré el sábado al muchacho de Givors que se quedó con el puesto de Fernando. Es amable, se llama Mehdi, me pesa todo con exactitud y no me guarda nada. Cuando le pregunté qué papa se deshacía más, me miró como si le hubiera hecho una pregunta de filosofía. Le compré las más chiquitas y que fuera lo que Dios quisiera.

No se deshicieron del todo. El ajiaco quedó más claro que el de mi mamá, menos espeso, con la mazorca cortada en ruedas porque así se la compré. Le eché la manotada de guascas al final. Tomás le puso crema, alcaparras y aguacate, todo junto, otra vez, y Claire se tomó dos platos sin decir nada, que en ella es un elogio enorme. Mi mamá se quedó en la pantalla mientras comíamos, con el computador ahora en la mesa del comedor, mirándonos comer desde un ángulo raro, y cada tanto preguntaba: "¿Quedó espesito?". Le dije que sí. Mentí un poquito.

Esa noche pasé la libreta en limpio, en un documento del computador, con un título y todo. Intenté convertir lo que me dijo en gramos, en tazas, en minutos. Escribí "1 kg de papa criolla (aprox.)", y lo borré. Escribí "aprox. 45 min", y lo borré también. Al final dejé las frases como ella las dijo, entre comillas, porque cualquier otra cosa era traducirla, y a ella no la quiero traducir.

La línea de la nevera la taché con un solo trazo, de esos que dejan leer lo que había debajo. El frasco de guascas quedó abierto en la alacena, con una banda de caucho en la tapa. Todavía le queda más de la mitad. No sé cuántas cucharadas. Una manotada, dos. Lo que pida la olla.

Escrito por

Julien Rojas

  • 46 años
  • Traductor
  • Lyon, Francia

Un rolo en Lyon, escribiendo en el idioma que mis hijos entienden pero no hablan. Más sobre mí →