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Bogotá, otra vez, en agosto

Tres semanas en Bogotá con Claire y los niños: el frío de la sabana, mi mamá un poco más chiquita, un ajiaco y una pregunta que nunca me había hecho así.

Foto: Luz Adriana Villa A. · CC BY 2.0

Volvimos de Bogotá hace tres semanas y todavía tengo el reloj del cuerpo mal puesto. Me despierto a las cinco con la sensación de que alguien me está llamando desde la cocina. Nadie me llama. Es Lyon, es septiembre, Claire duerme, y en la cocina solo está la cafetera.

Fuimos los cuatro, como cada dos años, tres semanas en agosto. Agosto en Bogotá es el mes de las cometas y del viento, y los niños tienen eso grabado de la vez anterior: el potrero detrás del conjunto donde vive mi hermana, los cerros verdes, el hilo que se les enreda en los dedos. Llegamos de noche a El Dorado, después de una escala en Madrid y de once horas de Tomás preguntando cuánto faltaba en dos idiomas. A la salida, el frío de la sabana me pegó en la cara como un saludo. Claire dice que exagero, que en Bogotá no hace frío. No entiende. No es frío de termómetro: es un frío que huele a eucalipto y a lluvia sobre el pavimento, y que no siento en ninguna otra parte del mundo.

Mi mamá

Mi mamá tiene setenta y ocho años y vive sola en el mismo apartamento de Chapinero donde nací, un tercer piso sin ascensor que ella defiende como si fuera una virtud. Esta vez la encontré más chiquita. No sé decirlo de otra forma. No está enferma, habla igual, manda igual, me sigue diciendo "mijo" con ese tono que sirve tanto para una caricia como para un regaño. Pero la encontré más chiquita, y subía las escaleras agarrada del pasamanos, y cuando me abrazó en la puerta el abrazo duró un segundo más de la cuenta.

El segundo día hizo ajiaco. Le dije que no se pusiera en esas, que lo podíamos pedir. Me miró como si le hubiera propuesto vender el apartamento. Pasó la mañana pelando las tres papas, desmechando el pollo, buscando las guascas que tenía guardadas en un frasco de mermelada. Inés se sentó en un banquito junto al mesón a mirarla, y mi mamá le explicaba todo en español, despacio, señalando: esta es la criolla, que se deshace y espesa; esta es la pastusa; esto es la mazorca. Inés asentía. No sé cuánto entendió. Me pareció que todo.

La ciudad

Bogotá cambió, como cambia siempre que vuelvo, y yo cambié, y no siempre sé cuál de los dos cambió más. Ahora el metro por fin se ve, con sus columnas grises a lo largo de la Caracas, y todo el mundo habla de él con escepticismo y un poquito de esperanza, que es como hablamos los rolos de casi todo. Hay edificios donde había casas. La panadería de la esquina, donde yo compraba el pan de bono y el roscón, ahora es una tienda de celulares, y eso me dolió más de lo que tiene sentido. Me sorprendí varias veces explicándole cosas a Claire con una autoridad que ya no tengo, y equivocándome de dirección en calles que me sabía de memoria.

En la calle me hablan como a uno de aquí hasta que abro la boca demasiado tiempo. Entonces algo se me nota, no sé qué: una palabra, una pausa, la manera de dar las gracias. Un taxista me preguntó si yo era de Bogotá. Le dije que sí. Me miró por el retrovisor y me dijo: "Pero hace rato que no viene, ¿cierto?". Cierto.

Lo que traje

En la maleta traje lo de siempre: café, bocadillo veleño, un paquete de harina para arepas que aquí también se consigue pero que no es lo mismo porque no la compré allá. Y un frasco de guascas que mi mamá me metió sin preguntarme, envuelto en una bolsa de supermercado y luego en un buzo de Tomás. Ya tengo dos frascos: este y el que me consiguió Fernando antes de irse.

La última noche nos quedamos los dos solos en la cocina tomando tinto, ya tarde. Ella me preguntó si yo era feliz en Francia. Me lo había preguntado otras veces, pero nunca así, tan derecho. Le dije que sí. Era verdad. Ella dijo: "Bueno". Y después dijo que el próximo viaje, si quería, podíamos venir en diciembre, para la novena. Que a los niños les iba a gustar.

El frasco de guascas está en la alacena, al lado de la sal. No lo he abierto todavía.

Escrito por

Julien Rojas

  • 46 años
  • Traductor
  • Lyon, Francia

Un rolo en Lyon, escribiendo en el idioma que mis hijos entienden pero no hablan. Más sobre mí →