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Onces o merienda
Traduzco una novela francesa para una editorial de Madrid y una sola palabra, goûter, me tuvo una semana discutiendo conmigo mismo.

La mayor parte de lo que traduzco no lo va a leer nadie con gusto. Contratos de distribución, fichas técnicas de una cooperativa de vinos del Beaujolais, el manual de una máquina que empaca quesos, prospectos de medicamentos donde la palabra más emocionante es "somnolencia". Es un trabajo honrado y pagado a medias, y tiene su encanto: me paso una mañana buscando la palabra exacta para "joint d'étanchéité" y cuando la encuentro siento una satisfacción pequeña y limpia, como cuando a uno le cuadra una cuenta.
Pero cada tanto llega un libro. Este año me tocó una novela corta de una autora de Villeurbanne, doscientas páginas sobre una mujer que cuida a su papá enfermo en un apartamento de la Croix-Rousse. La editorial es de Madrid. Me escribieron muy amables, con ese tuteo inmediato de los españoles que todavía me descoloca un poco, y me dieron cuatro meses.
La palabra
En el capítulo tres, el padre y la hija toman el goûter. En Francia el goûter es sagrado: la comida de las cuatro y media, la que los niños esperan a la salida del colegio, un pain au chocolat, unas galletas, una compota de esas en sobrecito que se chupan. Mis hijos lo reclaman como un derecho constitucional. En la novela es más que eso: es el único momento del día en que el padre está lúcido, y la hija lo sabe, y prepara el goûter como quien prepara una ceremonia.
La traducción obvia es "merienda". Es la que pondría cualquiera, la que van a entender en Madrid, en Sevilla, en Buenos Aires. Y es correcta. Pero yo, cuando leo goûter, no veo una merienda. Veo las onces. Veo la mesa de la cocina de mi mamá en Chapinero, el chocolate santafereño en la chocolatera de aluminio, el queso campesino partido en cuadritos para meterlo en la taza hasta que se derrita y se estire, las almojábanas todavía tibias, la radio con la radionovela de las cinco. Veo a mi papá llegando del trabajo justo para las onces, aflojándose la corbata con una sola mano.
Pasé una semana con eso. Escribí "merienda" y lo borré. Escribí "onces" y supe que el editor me lo iba a tachar con un comentario educado al margen: "¿Regionalismo? Sugiero merienda". Y tendría razón. El lector de Madrid no va a ver ni a mi mamá ni el chocolate. Va a ver una palabra rara y se va a salir del libro, y lo primero que uno aprende en este oficio es que el traductor no tiene derecho a sacar al lector del libro para mostrarle su propia casa.
Lo que se queda afuera
Puse "merienda", claro. Lo mandé así. Pero la discusión conmigo mismo me dejó pensando en algo que sé desde hace años y que se me olvida: que cada traducción es también una lista invisible de lo que no entró. Detrás de cada página que entrego hay otra, que no ve nadie, con las palabras que habría querido usar y no usé porque eran demasiado mías. Esa página es la que de verdad me pertenece. La otra es del libro.
El jueves, a las cuatro y media, fui a buscar a los niños al colegio. Inés salió corriendo con la mochila abierta y me preguntó qué había de goûter. Le dije que nos fuéramos para la casa, que les iba a hacer una cosa. Calenté leche. No tenía chocolate santafereño sino una tableta de Valrhona que Claire guarda para hacer tortas y que me va a cobrar caro. No había queso campesino, así que corté un pedazo de tomme de Savoie. Tomás miró el queso dentro de la taza con la misma cara de espanto que puso Claire la primera vez, en Bogotá, hace quince años. Inés lo probó, hizo una mueca, lo volvió a probar.
"C'est bizarre", dijo. Y se lo terminó.
No sé cómo se llamaba eso que comimos el jueves. En el manuscrito dice merienda.


