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Los sábados de Fernando
Después de correr por el Saona paso siempre por el mismo puesto del mercado del quai Saint-Antoine. Este sábado Fernando me dijo que se iba.

Los sábados salgo a correr a las siete, cuando Lyon todavía está medio dormido y el Saona tiene ese color de té con leche que le da la luz de la mañana. Bajo por las pendientes de la Croix-Rousse, corro por el quai Saint-Vincent hacia el sur, cruzo a la otra orilla por la pasarela Saint-Georges y sigo hasta donde se me acaben las ganas, que suele ser antes de lo planeado. Corro mal, despacio, con la técnica de un señor que empezó a correr a los cuarenta porque se lo mandó el médico. Pero me gusta el río. En Bogotá no hay río que uno quiera mirar; el que pasaba por el centro lo metimos debajo de la Avenida Jiménez, como quien esconde algo de lo que le da pena.
De vuelta paso por el mercado del quai Saint-Antoine, sudado y con el celular en la mano, y siempre termino en el mismo puesto: el de Fernando.
Fernando
Fernando es portugués, de un pueblo cerca de Viseu, y llegó a Lyon en 1979 con diecinueve años y una maleta de cartón, según él, aunque sospecho que la maleta de cartón la agregó después porque queda bien en el cuento. Vende frutas y verduras de unos productores de la Drôme y de los Monts du Lyonnais. Tiene unas manos enormes y un acento en francés que después de cuarenta y siete años sigue intacto, como el mío, que tampoco se va a ir.
Nos hicimos amigos por los aguacates. Hace como diez años le pregunté, en un francés todavía torpe, si tenía aguacates que estuvieran listos para ese mismo día, y él me contestó en portugués, adivinando que yo hablaba español. Desde entonces hablamos así: él en portugués, yo en español, entendiéndonos un ochenta por ciento y rellenando el resto con gestos. Es la única conversación de mi semana en la que no tengo que traducir nada. Ni hacia afuera ni hacia adentro.
Fernando me guarda cosas. Durante años me guardó los aguacates más feos, los que nadie compra y están perfectos. Una vez me consiguió, no sé de dónde, unas mazorcas que no eran como las de allá pero casi. Cuando le hablé del ajiaco me escuchó con mucha atención, preguntando por las tres papas, la criolla, la sabanera, la pastusa, y a la semana me trajo, de la tienda de un primo en Villeurbanne, un frasco de guascas secas importadas de Colombia. Cómo llegó ese frasco a la tienda de un portugués en Villeurbanne es un misterio que prefiero no resolver.
Este sábado
Este sábado había más gente que de costumbre, porque ya llegó el calor y Lyon sale a la calle. Inés vino conmigo, en bicicleta, mientras yo corría al lado haciendo el ridículo. Fernando le regaló una cereza, como siempre, y después, mientras me pesaba unos tomates, me dijo que se iba. Que en septiembre le vendía el puesto a un muchacho de Givors y que se volvía para su pueblo, a una casa que fue de sus papás y que lleva treinta años arreglando por pedazos en cada vacación.
Le dije que qué bueno, que se lo merecía. Lo dije en español y él me entendió, claro. Pero lo que sentí no era eso, o no solo eso. Sentí algo egoísta y un poco vergonzoso: que se me iba la única persona en Lyon con la que hablo sin pensar en qué idioma estoy hablando.
Él debió notarlo, porque se quedó un momento callado con los tomates en la mano. Luego me dijo que en su pueblo hay un río, pequeño, que en verano casi se seca, y que a lo mejor un día yo iba y corríamos juntos, aunque él no corre desde 1985. Inés preguntó qué había dicho. Le traduje al francés. Ella dijo que ella también quería ir.
Volvimos subiendo por la Montée de la Grande Côte, yo empujando la bicicleta porque Inés se negó a pedalear en la subida. Llevaba los tomates, un melón de Cavaillon y una bolsa de cerezas que Fernando no me quiso cobrar. Me quedan trece sábados. Los conté en una banca, a mitad de la subida, mientras ella se comía las cerezas.


