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Les hablo en español y me contestan en francés
Diez años hablándoles a mis hijos en español mientras ellos me contestan en francés, y una noche de fiebre en enero en la que pasó algo distinto.

Esta mañana, mientras buscábamos los guantes de Inés debajo del sofá, le dije: "Mi amor, póngase las botas que está haciendo un frío berraco". Ella, sin levantar la cabeza, me respondió: "Oui, papa, deux secondes". Y se puso las botas. Entendió todo, hasta "berraco", que no sé por dónde le habrá llegado. Pero me contestó en francés, como siempre, como su hermano, como si el español fuera una radio que suena en la cocina y que uno oye sin necesidad de cantarle encima.
Llevo diez años en esta conversación partida. Tomás tenía meses cuando decidí, con esa solemnidad que tiene uno con el primer hijo, que yo solo le hablaría en español. Leí artículos. Claire me apoyó con un entusiasmo muy francés, es decir, con argumentos. Compré los libros de Rafael Pombo, la Pobre Viejecita, el Renacuajo Paseador, y se los leía en voz alta con acento de abuelo boyacense. Tomás se reía en los lugares correctos. Hasta los tres años mezclaba todo: decía "agua" y "lait", "abuela" para mi mamá y "mamie" para la mamá de Claire. Luego entró al colegio y el francés se lo llevó, sin pelea, como se lleva el río una rama.
Lo que entienden y lo que dicen
No es que no sepan. Entienden casi todo. Tomás corrige mis descuidos en francés con una paciencia de funcionario, pero si le pregunto en español qué hizo en el recreo, me cuenta en francés lo del balón que se quedó en el techo del gimnasio. Inés, que tiene siete años y una vida interior muy agitada, a veces suelta una palabra en español como quien muestra una moneda rara: "chévere", "qué pena", "ay, no". Las dice con mi entonación exacta, y eso me desarma más que una frase completa, porque es como oírme a mí mismo desde afuera.
Soy traductor. Me paso el día pasando cosas de un idioma a otro y sé, mejor que mucha gente, que una lengua no es un código sino una casa. Uno no le puede pedir a nadie que viva en una casa donde no tiene amigos, ni recuerdos, ni con quién pelear. El español de mis hijos es una casa donde vivo solo yo, y los domingos, por videollamada, mi mamá desde Chapinero, con la cámara apuntándole a la frente.
Una noche de enero
En invierno Lyon se pone gris desde las cuatro y media, y las noches son largas para todo, también para estas cosas. Anoche Tomás tenía fiebre, no mucha, la suficiente para ponerse consentido. Me pidió que me quedara un rato. Yo le pasaba la mano por el pelo y, sin pensarlo, empecé a cantar "Duerme negrito", que me cantaba mi mamá y que no le cantaba a él desde que era bebé. Pensé que me iba a decir que eso era para niños chiquitos. No dijo nada. Cuando terminé, con los ojos cerrados, me dijo: "Encore, papa. Celle du negrito". Y "negrito" lo pronunció perfecto, con la erre suave y no la de garganta que usa en francés, como lo dice mi mamá.
Me quedé pensando en esa palabra un buen rato después de que se durmió. Uno se imagina que transmitir una lengua es transmitir el vocabulario, la gramática, los subjuntivos que tanto me costó explicarle a Claire. Y a lo mejor lo que pasa es otra cosa, más torcida: pasan pedazos. Una canción, una palabra, el "ay, no" de Inés cuando se le cae el helado. Pedazos que no alcanzan a ser una lengua pero que sí son algo, aunque yo todavía no sepa qué.
Esta mañana, ya sin fiebre, Tomás bajó a desayunar y me preguntó en francés si quedaba pan. Le contesté en español que sí, que en la bolsa. Fue a buscarlo. Afuera seguía oscuro y la escarcha tenía blancos los techos de los carros. Inés no encontraba un guante. Le dije lo de las botas. Me contestó lo de los dos segundos. La conversación sigue, partida, como siempre, y yo sigo hablando desde mi lado.


