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Diez kilómetros, casi

Corrí mi primera carrera de diez kilómetros por las orillas de Lyon. Me paré una sola vez, en el kilómetro siete, justo donde estaba el puesto de Fernando.

Foto: timtak · CC BY 2.0

En marzo, en un arranque que todavía no me explico, me inscribí en la carrera de diez kilómetros que hacen en Lyon a comienzos de octubre. Pagué la inscripción por internet un martes a medianoche, con la tarjeta de crédito en una mano y un pedazo de queso en la otra, y al día siguiente se lo conté a Tomás en el desayuno como quien confiesa algo. Tomás tiene diez años y una fe muy limitada en mis capacidades físicas. Me miró por encima del tazón y me dijo, en francés, que apostaba un paquete de Carambar a que me iba a parar antes de la mitad.

Acepté. Le di la mano. Él la apretó con la seriedad de un notario.

Siete meses

Desde entonces salí a correr tres veces por semana, siempre por el Saona, siempre a las siete, siempre con la sensación de que mi cuerpo es un apartamento viejo que alguien me alquiló sin decirme qué cosas no funcionan. Llegué a cinco kilómetros en mayo. A siete en julio, antes del viaje a Bogotá. En Bogotá no corrí nada, porque a dos mil seiscientos metros uno no corre, uno sobrevive, y volví en septiembre con las piernas de un señor que pasó tres semanas comiendo almojábanas. Claire me compró unos tenis nuevos para mi cumpleaños, de esos que parecen diseñados por la NASA, y me dijo que era una inversión, que no la defraudara. Lo dijo en broma. Casi.

Los sábados, durante años, correr tenía una recompensa al final, que era llegar al mercado y hablar un rato con Fernando. Desde que se fue, en septiembre, sigo pasando por el quai Saint-Antoine, pero ya no me detengo. Le compro a Mehdi cuando hace falta, rápido, con exactitud, y sigo. Me di cuenta de que había empezado a correr más lejos solo porque ya no tenía dónde pararme.

El domingo

La carrera fue un domingo de esos que Lyon guarda para octubre: frío a las ocho y medio sol a las nueve y media, la niebla levantándose del río como si alguien la estuviera recogiendo con cuidado. Éramos miles. Nunca había estado en medio de tanta gente que se estira al mismo tiempo. Había un señor disfrazado de quenelle, o de algo parecido. Había una muchacha corriendo con un coche de bebé. Yo tenía el número 4127 prendido con cuatro alfileres en la camiseta y la boca seca desde antes de arrancar.

Claire y los niños se pusieron en el kilómetro cinco, en el quai, porque desde ahí se podían ir caminando a la meta. Habían hecho un cartel con una caja de cereal desarmada. Lo vi desde lejos: arriba, con la letra de Tomás, decía "ALLEZ PAPA". Abajo, más chiquito, con la letra torcida de Inés y los marcadores de colores que usa para todo, decía: "¡VAMOS PAPÁ!". Con los dos signos de admiración. Con la tilde en la a.

Pasé por delante de ellos sin poder decir nada, levantando la mano como un político, y seguí. Y ahí, del kilómetro cinco al seis, corrí mejor que nunca en mi vida, con una cosa en el pecho que no era cansancio.

El kilómetro siete

El recorrido volvía por la orilla del Saona, cruzaba el río y pasaba, porque así son las ciudades, por el quai Saint-Antoine. A esa hora el mercado estaba armándose. Los puestos tenían las lonas a medio poner, las cajas de manzanas en el suelo, olor a pollo asado empezando. Y en el kilómetro siete, más o menos, en el mismo sitio de siempre, estaba el puesto que fue de Fernando, con Mehdi descargando una camioneta.

Me paré. No lo decidí. Las piernas se pararon solas, como se para uno en la puerta de una casa donde vivió. Me quedé ahí, con las manos en las rodillas, respirando como un fuelle, mientras la gente me pasaba por los lados. Mehdi me vio, me reconoció a medias, levantó una caja de calabazas a modo de saludo y me dijo: "Ça va, monsieur?". Le dije que sí. Me ofreció una manzana. No me la quiso cobrar. Es la primera vez que no me cobra algo.

Habrán sido cuarenta segundos. Luego volví a arrancar, con la manzana en la mano porque no sabía dónde ponerla, y terminé los tres kilómetros que faltaban despacio, pero corriendo. Llegué en una hora, cuatro minutos y unos segundos que prefiero no recordar. Inés me esperaba en la meta con el cartel ya doblado en cuatro y me preguntó en francés si había ganado. Le dije que no. Me preguntó si había quedado de último. Le dije que tampoco. Pareció decepcionada por las dos respuestas.

Tomás, en cambio, ya sabía. Lo había seguido en la aplicación de la carrera, en el celular de Claire, y había visto que en el kilómetro siete mi puntico se quedó quieto. Me lo dijo con una sonrisa de abogado. Le recordé que la apuesta era pararme antes de la mitad, y que siete es más que cinco. Lo pensó un momento. Me dio la razón, de mala gana, y esa misma tarde me trajo un paquete de Carambar del que ya se había comido cuatro.

El cartel está ahora pegado en la nevera, al lado de la lista de pendientes, con el "¡VAMOS PAPÁ!" hacia afuera. La manzana me la comí en la casa. Era de las feas, con una mancha café en un lado. Estaba perfecta.

Escrito por

Julien Rojas

  • 46 años
  • Traductor
  • Lyon, Francia

Un rolo en Lyon, escribiendo en el idioma que mis hijos entienden pero no hablan. Más sobre mí →